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Un desarrollo sostenible

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por Guillermo Castro H. – “Darwin no sospechaba qué sátira tan amarga escribía de los hombres, y en particular de sus compatriotas, cuando demostró que la libre concurrencia, la lucha por la existencia celebrada por los economistas como la mayor realización histórica, era el estado normal del mundo animal. Únicamente una organización consciente de la producción social, en la que la producción y la distribución obedezcan a un plan, puede elevar socialmente a los hombres sobre el resto del mundo animal, del mismo modo que la producción en general les elevó como especie. El desarrollo histórico hace esta organización más necesaria y más posible cada día. A partir de ella datará la nueva época histórica en la que los propios hombres, y con ellos todas las ramas de su actividad, especialmente las Ciencias Naturales, alcanzarán éxitos que eclipsarán todo lo conseguido hasta entonces”. Federico Engels, Introducción a la dialéctica de la naturaleza.

“¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? … En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella”. José Martí, Nuestra América.

La demanda por un desarrollo que sea sostenible ha venido a convertirse en uno de los tópicos más característicos de la cultura de nuestro tiempo, a la cual –si se la entiende aquella visión del mundo dotada de una ética acorde a su estructura, como la definía Antonio Gramsci– plantea al propio tiempo dilemas en apariencia insolubles, como el de optar entre el crecimiento económico, la distribución equitativa de sus frutos, o la conservación de los recursos naturales para beneficio de las generaciones futuras. En este sentido, el problema de la sostenibilidad del desarrollo nos remite una vez más a aquélla contradicción entre necesidades humanas y capacidades del mundo natural, tan característica en la evolución de nuestra especie, que constituye uno de los grandes temas de la historia ambiental, aquella que se ocupa del estudio de las interacciones entre las sociedades humanas y su entorno a lo largo del tiempo, y de las consecuencias que de ello se derivan para ambos.

La historia ambiental organiza ese estudio en tres planos de relación: el biogeofísico, el socio-tecnológico y el político-cultural, donde maduran los valores y las normas que llevan a reproducir o transformar nuestras formas de relación social, y las que desde nuestra socialidad ejercemos con el mundo natural. El tema que nos interesa aquí se ubica precisamente en este tercer nivel, como un hecho de relación con los otros dos, insisto, y no de definición aislada.

En ese nivel de relación, la historia ambiental aporta tres elementos de reflexión que pueden ser de gran valor para el tipo de análisis interdisciplinario que demandan nuestros problemas de relación con el mundo natural. En primer término, que la naturaleza es ella misma histórica –esto es, que el mundo natural no puede ser ya comprendido sin considerar las consecuencias acumuladas por la intervención humana en sus ecosistemas a lo largo de al menos los últimos cien mil años. En segundo lugar, está el hecho de que nuestros conocimientos sobre la naturaleza son el producto de una historia de la cultura organizada en torno a los valores dominantes en las sociedades que han producido esos conocimientos. Por último, la historia ambiental nos recuerda que nuestros problemas ambientales de hoy son el resultado de nuestras intervenciones de ayer en el mundo natural, tal como fueron llevados a cabo en el ejercicio de los valores dominantes en aquella cultura.

En esta perspectiva, se hace evidente que los valores dominantes en nuestra cultura no bastan para dar cuenta de la crisis en que han venido a desembocar las formas de relación con la naturaleza que esa cultura ha venido propiciando a lo largo de los últimos 500 años. Hoy, por el contrario, nos encontramos en una situación de extrema incertidumbre, que se hace evidente en expresiones como la que afirma que no vivimos en una época de cambios, sino que nos encontramos inmersos en un cambio de épocas. De ahí que –para utilizar una frase que fue feliz anteayer–, todo lo que hace poco parecía sólido se desvanece en el aire; las respuestas a nuestro alcance se ven privadas de las preguntas que les otorgaban autoridad, y las excepciones de todo tipo se acumulan de un modo tal que, lejos de confirmar reglas que dábamos por sentadas, llaman la atención sobre la necesidad de crear otras, nuevas.

Una de las grandes víctimas de este cambio de época ha sido el concepto de desarrollo, puntal ideológico del período inmediatamente anterior a la crisis, que ayer apenas nos ofrecía un marco de referencia imprescindible para todo análisis de la realidad que aspirase a la apariencia de lo integral. Hoy, el desarrollo sólo conserva alguna capacidad explicativa – y, sobre todo, algún poder normativo – cuando se presenta adjetivado como “humano” y “sostenible”, en una tríada de apariencia compleja que, sin embargo, ya no designa una solución, sino un problema: el de la incapacidad del concepto original para dar cuenta de los conflictos en que ha venido a desembocar la promesa de crecimiento económico con bienestar social y participación política para todos que hasta hace poco quiso expresar.
En realidad, hace apenas veinte años, el “decenio del desarrollo” que debió haber ocurrido entre 1970 y 1979 –así designado por las Naciones Unidas en el clima optimista del ciclo económico ascendente que siguió a la II Guerra Mundial– desembocó en la “década perdida” de 1980, que a su vez abrió paso a los procesos de ajuste estructural y reforma del Estado liberal desarrollista que caracterizaron la de 1990. De este modo, y en el lapso de dos generaciones, el círculo virtuoso del desarrollismo liberal característico de la década de 1960 –en el que el crecimiento económico sostenido tendría que haberse traducido en bienestar social y participación política crecientes– se había convertido en el círculo vicioso de crecimiento económico mediocre e incierto, acompañado de procesos de deterioro social y degradación ambiental sostenidos, con que se inaugura este siglo nuevo.

Un par de años atrás, en efecto, el Panorama Mundial del Ambiente 2000, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, señalaba dos tendencias fundamentales en nuestras relaciones con el mundo natural. En primer término, se dice allí, “el ecosistema mundial se ve amenazado por graves desequilibrios en la productividad y en la distribución de bienes y servicios”, lo cual se expresa en una brecha “cada vez mayor e insostenible entre la riqueza y la pobreza (que) amenaza la estabilidad de la sociedad en su conjunto y, en consecuencia, el medio ambiente mundial”. Y, enseguida, se decía allí que “el mundo se está transformando a un ritmo cada vez más acelerado, pero en ese proceso la gestión ambiental está retrasada con respecto al desarrollo económico y social” (1).

Más allá de eso, sin embargo, el panorama insinúa un mal mayor. Nos encontramos en verdad ante una situación en que se han derrumbado a un mismo tiempo múltiples premisas, certezas y esperanzas que habían desempeñado un papel de primer orden en la organización y la continuidad de una cultura del desarrollo que disfrutó de amplia hegemonía en los medios académicos y burocráticos latinoamericanos –en los Aparatos ideológicos de Estado, en breve– entre 1950 y 1980, con raíces incluso que cabe rastrear hasta fines del siglo XIX.

Ese derrumbe tiene expresiones diversas. En lo que hace al impacto visible del desarrollo ocurrido en la región entre 1930 y 1990, el geógrafo Pedro Cunill ha señalado que ese período se caracterizó tanto por “una persistente tendencia a concentrar paisajes urbanos consolidados y subintegrados” como por “una importante ocupación espontánea de zonas tradicionalmente despobladas, en particular en el interior y el sur de América meridional.” La secuela ambiental de estas transformaciones geohistóricas, agrega, se expresa en “el fin de la ilusión colectiva de preservar a Latinoamérica como un conjunto territorial con espacios virtualmente vírgenes y recursos naturales ilimitados.” (2) Su juicio respecto al futuro de la región, no puede ser más claro: las transformaciones ocurridas en el período, dice, “dañaron, al futuro inmediato del siglo XXI, gran parte de las posibilidades de un desarrollo sostenido y sostenible” (3).

Por otra parte, en lo relativo a la reflexión que acompañó a ese proceso en el plano de lo ambiental, Nicolo Gligo –al hacer el balance de las perspectivas y desafíos ambientales que el fin del siglo XX le planteaba a América Latina–, señala la necesidad de romper con un estilo de desarrollo en el que “las decisiones económicas fundamentales de los países de la región… nacen de las tecnocracias de los ministerios de economía o de hacienda… donde… la problemática ambiental y la de los recursos naturales es una externalidad que molesta, la que debe de alguna forma salvarse sin que obstruya la gestión económica” (4). Esto, agrega, da lugar a una situación marcada por el conflicto entre una “política ambiental explícita [que] se origina en los organismos centrales ambientales de la administración pública” y las “políticas ambientales implícitas… casi todas ellas relacionadas con el crecimiento económico”, que se originan en otros ministerios o en el poder central, y que son finalmente “las que mandan en los países”, privilegiando por lo general el corto plazo sobre el largo plazo de un modo que lleva a tales políticas ambientales implícitas “sean de signo negativo” (5).

En breve, lo ambiental ha tenido un papel apenas marginal en la teoría del desarrollo, donde ha ocupa una posición subordinada respecto a la prioridad que se otorga al crecimiento económico. De este modo, lo ambiental se ha constituido en el convidado del piedra del desarrollo, un factor aludido y eludido al mismo tiempo que, sin embargo, ha terminado por convertirse en el elemento desencadenante de todas las contradicciones que esa teoría alberga en su seno. Por lo mismo, y más allá, esta elusión de lo ambiental apuntaba a otra de más vasto alcance: la del significado histórico del desarrollismo liberal de la II posguerra, en tanto de marco de relación entre las especie humana y el mundo natural, tal como se expresa en la situación de crecimiento económico sostenido –aunque mediocre e incierto– combinado con deterioro social y degradación social constantes, que caracteriza la evolución de nuestros países dentro del sistema mundial de 1980 a nuestros días (6).

¿Hay sorpresas aquí, o solo sorprendidos? Ya Sunkel y Paz –en El subdesarrollo latinoamericano y la teoría del desarrollo, aquel libro clave en la formación de tantos cientistas sociales de la región– nos advertían en 1970 sobre las ambigüedades internas del concepto de desarrollo, y la lucha ideológica –lucha entre programas políticos de largo plazo– que se libraba en su interior. La crisis de la teoría del desarrollo se corresponde, en la geocultura del sistema mundial, con la crisis del liberalismo como “sentido común” y el ascenso del nuevo pensamiento conservador-neoliberal, por un lado, y la de los nuevos movimientos sociales, por el otro. En esa perspectiva, como se advertía antes, el llamado “desarrollo sostenible” ha venido a expresar, en lo más fundamental, el agotamiento de la teoría del desarrollo en su capacidad para ofrecer una visión del mundo capaz de expresarse en términos correspondientes a la complejidad de los peligrosos problemas creados por el desarrollo realmente existente (7).

Hoy, ya es necesario trascender aquellos juegos de alusiones, elusiones e ilusiones, para definir al desarrollo en primer término por su capacidad para fomentar en todas las sociedades humanas el ejercicio de las cualidades que nos distinguen como especie. De este modo, cumplido el ciclo de la vieja teoría que en su momento pareció expresar de manera a la vez admirable y viable las mejores aspiraciones del mundo existente a mediados del siglo XX, debemos encarar el hecho de que el desarrollo sólo será sostenible por lo humano que sea, y que “humano”, aquí, sólo puede significar –si de desarrollo se trata– equitativo, culto, solidario, y capaz de ofrecer a sus relaciones con el mundo natural, la armonía que caracterice a las relaciones de su mundo social.

Así parece sugerirlo Manuel Castells –en una coincidencia insospechada, quizás fortuita, con la cita de Federico Engels que inaugura este artículo–, cuando al referirse a la lucha por una relación más equitativa entre los humanos y el mundo natural, que reclama “una noción amplia que afirma el valor de uso de la vida, de todas las formas de vida, contra los intereses de la riqueza, el poder y la tecnología”, señala que:

“El planteamiento ecológico de la vida, de la economía y de las instituciones de la sociedad destaca el carácter holístico de todas las formas de la materia y de todo el procesamiento de la información. Así pues, cuanto más sabemos, más percibimos las posibilidades de nuestra tecnología y más nos damos cuenta de la gigantesca y peligrosa brecha que existe entre el incremento de nuestras capacidades productivas y nuestra organización social primitiva, inconsciente y, en definitiva, destructiva (8)”.

Desde nosotros, por otra parte, esto no hace sino reiterar, en el plano de la cultura, la disyuntiva con que nació la época misma desde la que ahora ingresamos al cambio de épocas que nos arrastra a todos: aquélla que enfrentaba –y enfrenta– el paradigma de nuestro atraso, que desde 1845 demanda escoger entre civilización y barbarie, y el de un desarrollo nuevo, sintetizado por José Martí en 1891 al observar que, en Nuestra América, “No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”.

Encarados de esa manera, los problemas que nos plantea la crisis del desarrollo en el plano de la cultura bien podrían ser el acicate que requerimos para entender mejor esa crisis, y los modos más adecuados para enfrentarla. La crítica a la teoría del desarrollo en su incapacidad para dar cuenta de los problemas ambientales de nuestro tiempo, en efecto, sólo puede hacerse desde un esfuerzo nuevo por caracterizar y comprender esos problemas en términos que permitan construir las soluciones políticas que demandan, puesto que disponemos ya de los recursos científicos y tecnológicos, y de la riqueza acumulada necesaria para enfrentar y resolver esos problemas.

Para hacer esto, sin embargo, debemos estar en capacidad de encarar en todas sus implicaciones políticas y sociales la tarea pendiente, precisamente para no caer derribados por la verdad que haya podido faltarnos “por voluntad u olvido”, como nos advierte también Martí. Ser derribados, en efecto, es lo único que no podemos permitirnos ante una circunstancia que nos plantea riesgos tan terribles y esperanzas tan luminosas como las que nos ofrece la crisis a que hemos llegado en nuestras relaciones con el mundo natural.

Aquí, la verdad que no puede faltar es la que se refiere a la contradicción que nos presenta el desarrollo, como mito organizativo, en su estrecha asociación con el crecimiento económico. Esa relación, señalada y enmascarada a un tiempo por la vieja teoría del desarrollo, es la que se refiere al carácter histórico, específico, de ese crecimiento en esta civilización, esto es, a la acumulación incesante de ganancias como objetivo primordial de las relaciones que los seres humanos establecen entre sí, y con el mundo naturales, en la producción de su vida cotidiana. El conflicto entre una acción humana encaminada a la reproducción incesante de la ganancia a escala mundial, y las necesidades de la reproducción de la vida a escala de la biósfera global, constituye justamente el núcleo ético de la sustentabilidad que reclama la crisis en que han desembocado las relaciones que hemos venido construyendo con la naturaleza a lo largo de los últimos 500 años y, en particular, de mediados del siglo XIX a nuestros días (9).

En efecto, si en lo más esencial la economía es la disciplina que se ocupa de la asignación de recursos escasos entre fines múltiples y excluyentes, es necesario preguntarse cómo se establecen, y se ejercen, las prioridades que orientan esa asignación. En este sentido, toda economía deviene finalmente política y por tanto moral, pues las asignaciones efectivamente hechas de recursos permiten identificar qué intereses son prioritarios y cuáles no lo son. Así planteado el problema, ¿cómo operaría una economía que asigne más recursos a la reproducción de la vida que a la de la acumulación ilimitada de ganancias? ¿Quiénes, y cómo, serían los protagonistas de esa construcción de prioridades nuevas, y cuál sería la organización humana capaz de guiarse por ellas?

No tenemos aún respuestas para esas preguntas, pero tenemos al menos las preguntas. No nos queda sino trascender el pasado para construir el futuro, encarando los problemas que nos plantea el cambio de la era de la economía a la era de la ecología, para utilizar la expresión de nuestro maestro y amigo Donald Worster. Esto, en términos prácticos, significa pasar de la época de la desigualdad organizada a escala mundial para la acumulación incesante de ganancias, a la de la cooperación organizada para garantizar la reproducción de la vida a escala de la biósfera entera. Hemos rebasado ya, quizás sin darnos cuenta, el punto de partida: empezamos a entender la dirección que hará fecunda nuestra marcha. Eso, ya, es un éxito en tiempos como estos.

Notas

(1) www.grida.no/geo2000/ov-es.pdf, p.2

(2) Las transformaciones del espacio geohistórico latinoamericano, 1930 – 1990. Fondo de Cultura Económica, México, 1996 (1995), p. 9.

(3) Ibid., p. 188. Esto, dice, ocurre debido a “las modalidades de espontaneidad en el establecimiento de formas de hábitat subintegrado; por la intensidad degradante de los diversos usos del suelo agropecuario y la expoliación de recursos forestales, mineros y energéticos, donde todo está dominado por el afán de lucro inmediato”, con lo cual “se está iniciando una crisis prospectiva del patrimonio paisajístico latinoamericano”.

(4) “V. Perspectivas y desafíos ambientales”, en La dimensión ambiental en el desarrollo de América Latina. Libro de la CEPAL Nro. 58, Mayo de 2001. Comisión Económica para América Latina, Santiago de Chile, www.eclac.org, p. 227. Esto, además, en una circunstancia en la que el crecimiento económico se presenta asociado al “entrampamiento” que implica sostener las estrategias de expansión de las exportaciones de materias primas y alimentos de la región al primer mundo mediante el recurso a “las ventajas comparativas espúreas de mano de obra barata y recursos naturales subvalorados”. El valor de las reflexiones de Gligo resalta aún más, si cabe, por el hecho de haber sido construidas desde la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), en cuyo seno se forjó lo fundamental de la teoría y la práctica política del desarrollo en nuestra región.

(5) Ibid, p. 237.

(6) Lo profundo y tenaz de esta relación puede apreciarse, por ejemplo, en el contraste entre el agravamiento constante de esta situación y las esperanzas creadas por los llamados a enfrentarla (dentro del orden mundial vigente) que se hicieron en la primera mitad de la década de 1990, desde la Conferencia Mundial sobre Ambiente y Desarrollo de 1992, hasta la de Desarrollo Social de 1995, pasando por las de Beijing sobre la Mujer, en 1993, y la de Cairo sobre Población en 1994.

(7) Más allá, incluso, de la piadosa definición que ofrece Informe de Desarrollo Humano 2001, elaborado por el PNUD, al vincular al desarrollo con la (improbable) posibilidad de que cada Estado nación llegue a “crear un entorno en el que las personas puedan hacer plenamente realidad sus posibilidades y vivir en forma productiva y creadora de acuerdo a sus necesidades e intereses” dentro del orden mundial vigente. PNUD: Índice de Desarrollo Humano, 2001, p. 11.

(8) “Éste, agrega, “es el hilo objetivo que teje la conexión creciente de las revueltas sociales, locales y globales, defensivas y ofensivas, reivindicativas y culturales, que surgen en torno al movimiento ecologista. Ello no quiere decir que hayan surgido de repente unos nuevos ciudadanos internacionalistas de buena voluntad y generosos. Aún no. Antiguas y nuevas divisiones de clase, género, etnicidad, religión y territorialidad actúan dividiendo y subdividiendo temas, conflictos y proyectos. Pero sí quiere decir que las conexiones embriónicas entre los movimientos populares y las movilizaciones de orientación simbólica en nombre de la justicia medioambiental llevan la marca de los proyectos alternativos. Estos proyectos esbozan una superación de los movimientos sociales agotados de la sociedad industrial, para reanudar, en formas históricamente apropiadas, la antigua dialéctica entre dominación y resistencia, entre “Realpolitik” y utopía, entre cinismo y esperanza.” En: “El reverdecimiento del yo: el movimiento ecologista”, www.lafactoriaweb.com/articulos/Castells5.htm

(9) Al respecto, por ejemplo, resulta de particular interés la lectura de McNeil, J.R.: Something New Under The Sun: an environmental history of the Tewntieth Century world. Global Century Series, 2001

G. Castro es panameño, doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Este documento ha sido elaborado a partir de la ponencia presentada en el Simposio Regional sobre Ética y Desarrollo Sustentable, celebrado en Bogotá, Colombia, del 2 al 4 de mayo de 2002, con el auspicio del Ministerio del Medio Ambiente de Colombia, el PNUMA, el PNUD, la CEPAL y el BM.